Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

Cristóbal de Rojas 'el ave fenix' de Cádiz

Después del turbulento XVI donde la ciudad quedó prácticamente arrasada. Un baezano fue uno de los artífices de su reconstrucción y de las muchas de las fortificaciones que disfrutan los gaditanos hoy en día
Manuel Sánchez
7/09/2014
Cádiz
Una vista aérea del Castillo Santa Catalina con su planta de estrella obra de Cristóbal de Rojas

Es de sobra conocida y reconocida nuestra afición a darnos cachetás con los Ingleses a lo largo de la historia. La “Pérfida Albión”. Esto venía de largo. De tiempo atrás. La primera “guantá” sin mano ya la dio Enrique VIII cuando repudió a Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos. Esto, además, supuso la creación de la Iglesia Anglicana, ya que Enriquito quería desposarse de nuevo en un tiempo en el que el divorcio no era ni por asomo reconocido por la Iglesia de Roma. “Pa to la vía”.

Así pués empezaron los encontronazos con los ingleses, enemigos religiosos acérrimos nuestros. Y si a eso le añadimos el pelotazo de el descubrimiento de las Américas, ya ni te cuento. Y como eran las dos potencias mundiales, estaban condenadas a desentenderse. Los roces siguieron hasta el inicio de lo que se llamó la Guerra Anglo-Holandesa, que provocó un ataque a Cádiz en 1587 quedando la flota española fondeada en la bahía destruida. Felipe II reaccionó y mando la famosa Armada Invencible con el funesto y conocido final. Inglaterra no deseaba otro sustituto de esos y decidió asestar un golpe en el corazón de España.

Con las mismas, el 13 de junio de 1596 zarpó de Plymouth una escuadra formada por 150 naves inglesas y unos 15000 efectivos que se avistó en Cádiz sobre las dos de la mañana del domingo 30 de Junio de 1596 que no pudo entrar en la bahía por el mal tiempo. Después de un intenso fuego de artillería, la flota española se retiró a Puerto Real dado que la inferioridad numérica le hacia imposible presentar batalla. Los refuerzos llegaron, pero bisoños y mal armados. Unos 5000 hombres desplegados en tierra. A las dos de la tarde los ingleses entraron por Puntales y se hicieron con la ciudad con poca resistencia.

Las crónicas cuentan que fueron respetuosos con la población y en particular con las mujeres, pero que se ensañaron con todo lo religioso. Templos y casas se sometieron al pillaje y apresaron a 40 notables de la ciudad que se llevaron a Inglaterra para pedir un rescate, no siendo liberados hasta 1603. La ciudad quedó arrasada en incendiada en tal modo que la pregunta al irse los ingleses fue si era mejor dejarla abandonada y trasladar la ciudad al Puerto de Santa María que reconstruirla. Tales fueron las perdidas que contribuyeron decisivamente a la quiebra de la Real Hacienda española de ese mismo año.

Con tales evidencias, el ocaso de Cádiz estaba al alcance de la mano. Pero alguien sugirió e insistió en que dejar morir una ciudad con tantas ventajas geográficas era una necedad. Que con algo más que una manita de pintura y dos paredes repelladas se podría construir un baluarte realmente inexpugnable. Y es ahí donde aparece Cristóbal de Rojas. A él se deben las trazas para la reconstrucción de la vieja Iglesia de Santa Cruz, la reconstrucción del baluarte del Puntal y del Castillo de Santa Catalina. A su muerte en 1614, Ignacio Sala continuó su plan de fortificación de la ciudad, que le dio el aspecto definitivo que podemos observar hoy. Nacido en Baeza, Cristóbal de Rojas bien puede considerarse el primer gaditano, pues sin su tesón, fé y constancia hoy estaríamos esperando abril "pa cogerla mortá” en la feria.


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