Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

Carnaval: prohibiciones y tolerancias

1810 fue un mal año. La escasez de vino no ayudó junto con las prohibiciones. 1811 también lo fue. Pero no cabe duda que a partir de 1812 el fervor patriótico ayudado por la promulgación de las Cortes hizo que la ciudad cantase su alegría
Manolo Sánchez
20/01/2018
Cádiz

Exceptuando los años en que se prohibió el Carnaval en la dictadura y los años en los que se trasladó a mayo como Fiestas Típicas, febrero ha sido un mes que ha presenciado siempre el deseo de nuestra ciudad de catarsis y cambio. Incluso en los años del asedio. Pero la alegría que no pudo apagar el fuego napoleónico, lo lograron las prohibiciones españolas.

En los años que duró el asedio francés, la fiesta que se fraguaba y que tanto daría que hablar más tarde también tuvo sus altibajos.

Eran unos años en los que la ciudad se llenaba de atuendos militares y que, en condiciones normales, estos atuendos eran la ropa de gala elegida para todo los bailes, fiestas y teatros. Los militares ni siquiera cuidaban la rigurosidad del atuendo en su marcialidad, sino que lo engalanaban individualmente haciéndose difícil emparejar los del mismo cuerpo militar. Ellas de riguroso negro por el luto de una nación que sufría y luchaba. En sí y visto con perspectiva era un espectáculo carnavalesco.

Pero subyaciendo a toda esa farándula estaba el pueblo. Y para el pueblo la fiesta pagana ya era sagrada. Algo que no se consintió porque entre muchas razones, no había razón que justificase la alegría en tales momentos. Además, el asesinato del gobernador Solano y las amenazas al marqués de Villel prohibieron cualquier conato de fiesta con finalidad subersiva. El gobernador político y militar La Peña prohibió que, tanto en las casas como en las calles, la gente “sea de la clase o condición que fuese” anduviera con alborotos ni música solos o en cuadrillas.

Pero lo que en un tiempo resultaba ser negativo, más adelante y por razones patrióticas se toleró. Las agrupaciones iban de casa de tertulia en casa de tertulia, las cuales estaban abiertas para las mascaradas. Lo cotidiano era disfrazarse individualmente, pero se puso de moda ir en grupos de diez, veinte o treinta, todos disfrazados igual. Iban precedidos de música y al entrar en las casas bailaban danzas preparadas. Y así iban alternándose durante toda la noche muchos grupos lo que confería a las fiestas diversidad y un continuo cachondeo, que diríamos ahora. Como una final de Falla en tu patio.

Era un fiesta demoledora. Duraba solo tres días. Y los oficiales ingleses que relataron con sus recuerdos una semblanza en Inglaterra, daban las gracias porque no durase más aquella locura general. Una locura donde la intencionalidad política y la quema de efigies estaba a la orden del día. El pueblo expresaba a su manera su sentir ante lo que sucedía y se entregaba al éxtasis de un presente jubiloso y un futuro incierto.

1810 fue un mal año. La escasez de vino no ayudó junto con las prohibiciones. 1811 también lo fue. Pero no cabe duda que a partir de 1812 el fervor patriótico ayudado por la promulgación de las Cortes hizo que la ciudad cantase su alegría en una fiesta continuada durante todo el año en donde no se diferenciaba copla carnavalesca de la canción patriótica. Ya no había nada que prohibir. Ya servía la copla.

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