Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

El "Colón" griego que empujó el Levante hasta las costas de Cádiz en la antigüedad

Kolaios, navegante, y mercader, de la isla de Samos se vio arrastrado por este fuerte viento en un viaje que acabó más allá de las columnas de Hércules a mediados del siglo VII a.C. Según Herodoto, una aventura que le permitió tratar nada menos que con el mítico rey Argantonio de Tartessos
Manolo Sánchez
13/04/2018
Cádiz

No se puede entender la historia de Cádiz sin a la vez comprender, ni adorar, al viento de Levante como creador de nuestra existencia y cultura. Desde la misma concepción, formación y paso de las islas Gadeiras a la actual Cádiz. Su acción, en ayuda de las mareas y el caudal que el río Guadalete dejó con sus correspondientes posos, configuró una barrera desde la isla de Sancti Petri hasta Rota para crear la bahía gaditana.

Además, fue su ímpetu el que desvió a tantos marineros que acabaron descubriendo un nuevo mundo lleno de riquezas con las que comerciar. Fue precisamente el viento apeliota el que originó el primer viaje del que se tiene constancia en el mundo antiguo desde oriente a la península ibérica y sus costas, mas allá del “Non Plus Ultra”, tal y como narró Herodoto, mucho después de los ancestrales viajes de los aqueos que conformaron la mitología griega.

Fue Kolaios, navegante y mercader de la isla de Samos, el que navegando en dirección a Egipto se vio arrastrado por este fuerte viento para acabar finalmente mas allá de las columnas de Hércules a mediados del siglo VII a.C. según Herodoto.

En este viaje tomó contacto con un personaje que limita entre la realidad y las sombras: el rey Argantonio. Algunos dicen que fue un rey longevo, otros que fue una estirpe de varios reyes reconocidos por su riqueza y su plata. Lo que si sabemos es que Kolaios hizo un esplendido negocio cuyas ganancias supusieron sesenta talentos de plata, unos 150 kilogramos y que dedicaron una décima parte a los dioses. Pero este no supuso el descubrimiento de Tartessos para los griegos, que ya conocían la existencia de este reino mítico y rico.

Mas tarde encontramos otro viaje de los griegos focenses, también situados en la costa turca y sitiados por los medos. Un viaje en el que, parece, se negoció algo mas que estaño y plata. Los focenses estaban amenzados por los medos, que ya poseían casi toda el actual territorio turco. Y Argantonio y Tartessos, que en la antigüedad habían compartido amistad y negocios con los griegos, veían en ellos una posibilidad de éxito si se instalaban en sus tierras y los ayudaban a combatir el insistente, y asfixiante, dominio fenicio. En palabras de Ponce Cordones los fenicios eran “de espíritu mercantilista, despótico y hermético” y los griegos “especulativos, liberales y elocuentes”. Argantonio tuvo que entender que el fin de su civilización estaba cerca, al igual que los focenses, que vieron sucumbir su ciudad en el 540 a.C.. Por ello algunos historiadores entienden este viaje como el envío de una delegación o embajada a Tartessos.

Tras la muerte de Argantonio desaparecen de los textos clásicos toda referencia a Tartessos. La batalla de Alalia determinó el poderío fenicio-púnico en la zona, aislando de nuevo la zona al comercio con los griegos. Aquellos primero viajeros mitológicos que consiguieron llegar a nuestras costas y volvieron con Kolaios vieron caer un nuevo telón de acero y el “Non Plus Ultra” volvió a tener sentido. El “Colón griego” que redescubrió España, Kolaios, como lo cita García Bellido fue el último rastro de un tiempo del que solo nos queda el viento de Levante.

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