Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

El penúltimo viaje del Tango

Un ritmo nacido en las cabañas de los extramuros de la Habana que se fusionó con otras canciones cubanas, y que Cádiz adoptó en el siglo XIX para transformarse en sus delicadas melodías
Manolo Sánchez
4/10/2019
Cádiz

Ya lo escribí alguna vez. La música es energía y, como tal, ni se crea ni se destruye si no que se transforma. Y en esa constante metamorfosis va regando los lugares que recorre de pequeñas semillas que germinan en diferentes flores, todas perfumadas con un aroma inconfundible según el lugar donde se abono esa tierra.

Un ejemplo claro y rotundo es el Tango. En palabras de Jose Luis Ortiz Nuevo y Faustino Núñez, los dos grandes conocedores de la materia, no hay ritmo con mayor éxito ni mayor rotundidad en el siglo XIX. Se sabe de sus idas y venidas, de su desembarco en España y de su vuelta al continente americano en forma de tangos de Carnaval. Pero poco se sabe del éxito europeo que tuvo ese ritmo americano, como aquí lo llamaban, ante el asombro de los propios cubanos.

Porque ellos no lo entendían como un género. Esteban Pichardo en 1836 en su Diccionario Provincial casi razonado de voces y fraseos cubanos hace alusión por primera vez al Tango, pero lo llama textualmente “Reunión de negros bozales “ No era un género, era una reunión de negros formando un “cachondeo” basado en un ritmo. Ni siquiera se admitía como algo presentable para la delicada un blanquecina moral colonial de La Habana. Eran ritmos africanos en los que los negros y las negras retorcían sus cuerpos lascivamente al son de sus tambores. Un ritmo nacido en las cabañas de extramuros de la Habana que se fusionó con otras canciones cubanas y mutó.

Ese ritmo entra en España, se introduce en las zarzuelas, y es aquí donde se hace el género para que pasado el meridiano del siglo XIX Cádiz lo adopte y lo transforme en sus delicadas melodías.

Y es curioso que Cádiz ya lo conociera antes que plazas como Sevilla y Madrid. Como bien lo atestiguara Faustino Núñez, en la tonadilla de 1779 “La anónima” compuesta por el gaditano Tomás Abril, guitarrista de los Teatros de la Corte, se canta un minué de la viña en el que “los andaluces en sus tangos graciosos sus chistes lucen”.


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