Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

Fernando VII, un indeseable con mucha cara

Su personal y egoísta altitud de miras, su único deseo de aumentar su poder y su riqueza, y la incapacidad de reconocer y aprovechar la situación que se fraguaba en el sistema político europeo le granjearon el vergonzoso sobrenombre con el que pasaría a la historia
Manuel Sánchez
5/01/2018
Cádiz

El paso de Fernando VII de ser “el Deseado” a ser el “Indeseable” fue un proceso gradual que lo ganó a pulso a los españoles. Su personal y egoísta altitud de miras, su único deseo de aumentar su poder y su riqueza, y la incapacidad de reconocer y aprovechar la situación que se fraguaba en el sistema político europeo le granjearon el sobrenombre del “Indeseable” en una nación provista genéticamente de una predilección absoluta en el aliento del “vivan las cadenas”.

Este proceso se desgranó poco a poco. Multitud de situaciones pusieron de manifiesto el poco amor que sentía el Borbón por España. Al volver a España, Fernando VII aclaró (por si quedaba alguna duda) sus intenciones en el Manifiesto de los Persas en 1814 en el que declaraba sin validez todo lo dispuesto en las Cortes de Cádiz. Pero por si quedaba algún iluso suelto, algunas acciones fatales terminaron por dar el impulso a semejante condición real.

Fueron las murallas de Cádiz las que vieron tal espectáculo. El Congreso de Viena tuvo la altruista idea de abolir la esclavitud. España era uno de los países punteros en el negocio, y exigió a cambio una compensación para redistribuir entre los propietarios. Pero ese convenio se firmó en secreto y no pasó por las arcas de la Hacienda Española, sino directamente fue reintegrado en los bolsillos del monarca, que lo dedicó a la lucha contra los independentistas americanos.

Pero para esa guerra hacían falta barcos. Trafalgar aniquiló la armada española y se requirió de la compra de un buen número de buques rusos a instancias de Dimitri Pavlovich Tartichieff, amigo personal de Fernando VII y embajador ruso en España. Un negocio que fue también tratado a espaldas de los respectivos ministerios de Hacienda y Marina, y del que se borró toda documentación existente. Fueron 5 navios: el “Lubeck”, “Nord-Aide”, “Dresde”, “Epiphania” y “Neptun”, además de 7 fragatas.

Tal y como llegaron a Cádiz los navíos, regresaron a Rusia sus tripulantes. En una primera inspección en el Arsenal de la Carraca, los informes ya señalaban que los navíos venían desprovistos de materiales y que sus maderas estaban podridas, por lo que el peligro de zozobrar en el mar era muy alto. La reacción real no se hizo esperar. Destituyó y desterró a los que emitieron tal informe.

Y así fue. Habían comprado virutas carcomidas flotantes. Los primeros barcos que salieron de la Bahía de Cádiz a poco se hundieron y fueron los escasos supervivientes los que dieron la noticia en Cádiz. El negocio había sido muy rentable para el Regente Fernando VII y un fracaso para la nación española.

El Rey, en su interpretación magistral de regente preocupado, exigió respuestas al Zar Alejandro I de Rusia, que respondió regalando tres fragatas mas en idénticas condiciones. Pero no sirvió de nada. La revuelta contra el Borbón estaba en marcha y pronto se escogería este hecho como excusa para alzarse contra Fernando VII el dia 1 de enero de 1820 en la marcha que organizaron Quiroga y Riego en Las Cabezas de San Juan para derrocar al Gobierno y formar lo que se conoció como el Trienio Liberal

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