Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

La pequeña noche de los cristales rotos

157 gaditanos procedentes de Francia fueron hacinados en las prisiones flotantes de la bahía llamadas 'pontones' en situaciones deplorables, y cuyo único delito era encontrarse en el sitio y en la época equivocada - la Guerra de la Independencia - . La historia espera una justa reparación aunque sea tardía
Manuel Sánchez
31/08/2014
Cádiz
Las aguas de la bahía se cubrieron de prisiones flotantes durante la Guerra de la Independencia

Cádiz en 1808. La calles bullen. La vida es agitada e intensa. Es una premonición. Como si supiese lo que le espera. La ciudad es una pequeña gran torre de Babel. La bahía esta colapsada de barcos ingleses, franceses y españoles. Aun quedan flotando restos inservibles de barcos de Trafalgar. La ciudad alberga también otros restos. Humanos. Devueltos de las aguas, se aclimatan y viven en Cádiz 157 franceses que por mor del destino han abandonado su pasado afrontando un futuro totalmente gaditano. Sus familias, sus trabajos, sus sentimientos así lo demuestran. Mi patria es mi calle y mi casa.

Pero sus vecinos recelan. Cuchichean. Miran de reojo. Callan cuando pasan. Hay mucho barco francés en la bahía. Poco tiempo atrás, franceses y españoles se daban la mano para combatir al inglés en Trafalgar. Pero ahora todo había cambiado. Y los gaditanos no sabían muy bien quién era el amigo y quién el enemigo en la bahía. Los nervios se van tensando. El aire se vuelve pesado, irrespirable. El levante en calma para el tiempo antes del estallido.

Mientras, esos gaditanos que nacieron en Francia se reúnen en el Café del Hondillo. Tienen miedo a un incierto desenlace inminente. Eran sirvientes de casas acomodadas, artesanos, taberneros… la segunda nacionalidad mas extendida en la ciudad. Gente de bien que en un pis pás se convierte en gente de mal. Los gaditanos, nerviosos por la inactividad de las autoridades se toman la justicia por su mano, y cargan contra sus vecinos. Nadie se salva. Todos son enemigos. Deciden asaltar las casas de aquellos vecinos franceses, sacarlos por la fuerza, despojarlos de sus pertenencias en el Castillo de Santa Catalina e irlos metiendo en esos restos inservibles que quedaron de Trafalgar flotando en la bahía, ahora convertidos en cárceles flotantes, donde se hacinaron con verdaderos prisioneros de guerra franceses llegados de la Batalla de Bailén. Uno de ellos era el Pontón La Rufina.

A partir de ahí, miseria, hastío, hambre, penurias… los gritos de los prisioneros se entremezclaban con el olor a dama de noche y el taconeo de las paseantes que, abrazadas de sus pretendientes, sofocaban el calor dando una vuelta por Alameda de Apodaca las tórridas noches de verano. Las parejas morían de amor en el bucólico paraje en que los prisioneros morían de hambre.

La disentería hizo acto de presencia. Tales eran los gritos y las quejas que numerosas cartas de gaditanos llegaron a Sevilla pidiendo un trato mas justo. Por ello, se creo un convoy que llevo a estos prisioneros a la isla de La Cabrera. De aquellos 157 “gaditanos” no se tiene apenas constancia después de la Guerra. Unos pudieron escapar, otros murieron y otros rehicieron sus vidas en la Isla de Cabrera. Pero a buen seguro nunca olvidaron una ciudad que les dio la vida y en las mismas se la quitó. Cádiz, capaz de lo mejor y lo peor.  


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