Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

Re-evolución del Carnaval

La diversión duraban toda la noche y llenaban de tal gentío las calles Ancha, Novena y San Antonio, que “más bien parecía día que noche”
Manolo Sánchez
3/08/2019
Cádiz

Una vez levantado el cerco de Napoleón sobre Cádiz y fuera de España, se reconocen tres etapas políticas importantes. La primera el ‘sexenio absolutista’ (1814-1820), en la que ‘El manifiesto de los Persas’ pide ansiosamente la vuelta de Fernando VII y una tercera llamada la ‘década ominosa’ (1823-1833), del mismo corte, que fue una reacción a esos tres años que quedan aislados en medio de estos dos periodos. Era el llamado ‘Trienio Liberal‘(1820-1823)

Eran los inicios de un nuevo concepto de ‘España’ y también los de la fiesta por excelencia de nuestra ciudad, el carnaval, que siempre obtuvo un reconocimiento y apoyo de nuestra ciudad cuando las circunstancias eran propicias para su florecimiento. Fueron esos tres años motivo de alegría y exaltación en nuestras fiestas como así recoge la prensa de la época.

La edición del Diario Mercantil de Cádiz del 9 de marzo de 1821 recogido y comentado por Javier Osuna[1], advierte de un artículo que nos da muchas pistas de cómo transcurrió ese año nuestro carnaval, que lo tacha de haber sido “quizá el más alegre y divertido que hemos tenido en esta ciudad” ya que “no ha habido el menor desorden”. Fueron los bailes de mascaras en el Teatro y casas particulares y “a muchas cuadrillas de hombres y mujeres, que disfrazados de varios modos recorrían las calles entonando canciones del país y patrióticas”. Resalta de los bailes “la ilustración y cultura de los habitantes de esta ciudad” y de las cuadrillas que “se vió palpablemente el espíritu público que anima a este vecindario” ya que no había cuadrilla que no quedase contenta si no cantaba en la plaza de la Constitución (hoy plaza de San Antonio) al compás de guitarra y castañuelas los himnos de Riego y de la Libertad.

Según cuenta, estas diversiones duraban toda la noche y llenaban de tal gentío las calles Ancha, Novena y San Antonio, que “más bien parecía día que noche”. Resumía así: “Congratulemosnos pues de pertenecer a un pueblo tan culto, y elogiemos las sabias leyes actuales, que son la causa de nuestras diversiones y alegrías”.

Un carnaval con guitarras y castañuelas, cuadrillas mixtas de mujeres y hombres, las primigenias formaciones actuales, bailes de mascaras y una exquisitez recordada… pero que contrasta con un artículo aparecido años más tarde.

El folletín El Comercio publicó el 8 de marzo de 1868 publicaba un artículo de Enrique Gallardo del Pino en el que se criticaba la decadencia en la que estaba entrando el carnaval gaditano. Un carnaval que, según el articulista, ofrecía un decaimiento de “aquella animación pública” y de su “proverbial cultura”. “La Perla del Océano, la ciudad cantada por Byron no se adorna ya con esplendido tocado de luz (…) no ostenta ya el poder de su tradicional buen gusto”.

Describe un carnaval en el que las muchedumbres compactas se apiñaban en la calle Ancha y San Antonio para satisfacer la curiosidad de conocer como se divertían las gentes que aun quedaban con ganas más que para disfrutar del propio carnaval. Apuntaba que “el espectáculo más que de regocijo ofrecía un carácter que causaba penosa impresión”. El resto de la ciudad era un “silencio desconsolador” exceptuando estos sitios de concurrencia y griterío salvaje en el que no había que esforzarse mucho para saber el origen de los presentes por lo soez y lo insolente de sus chistes. Terminaba diciendo “¿Qué deducirá quien se fije en este lamentable residuo?

Aún a día de hoy hay articulistas que no entienden ese carácter trasgresor, mundano y hasta zafio de una parte del carnaval que pertenece a lo más popular de su ser: su pueblo. Una fiesta que se sirve de los contextos políticos en los que se desarrolla para también a si misma conformarse y respirar de ellos.

Los tiempos pasan y cualquier pasado fue mejor para muchos. Siempre se añora lo que ya no se tiene. Lo que pertenece a la patria de la infancia. Pero si somos capaces de mirar a lo largo entenderemos una serie de variables que nunca se pierden en una constante evolución y reelaboración de unas normas básicas de nuestra fiesta. Desde el revolucionario que estaba por llegar, Antonio Rodríguez “El Tío de la Tiza” hasta un exquisito manicomio en los soportales de la Viña mientras canta la ilegal de “Los huesitos”…

Bienvenidos a la re-evolución constante….

[1] Osuna, Javier “El periodismo en tiempos de Carnaval 1765-2005 (más linotípico no lo hay) Quorum Ed. 2009 Cádiz


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