Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

Un gaditano en la coronación de Napoleón

Bonaparte inmortalizó la ceremonia en el cuadro “La consagración de Napoleón”, de Jacques-Louis David
Manolo Sánchez
10/05/2019
Cádiz

Es el arte por el arte. O el arte al servicio de otros fines. No hay más. Cuento esto porque como todos los grandes personajes de una época, Napoleón Bonaparte entendió claramente la fuerza de la comunicación para la implantación de sus ideas.

Y esto lo llevó a cabo con una serie de pinturas cuya obra más representativa es “La consagración de Napoleón” de Jacques-Louis David, la cual fue encargada por el Emperador al pintor en septiembre de 1804, solamente un año antes de la batalla de Trafalgar que enfrentaría a franceses y españoles contra los ingleses y cuatro antes del inicio de la invasión de la Península.

La ceremonia en sí fue un escándalo. Napoleón no aceptó ser coronado por un Papa abnegado pero complacido y reticente a la vez. Recogió él mismo del altar de la Catedral de Notre Dame una corona a modo de diadema hecha de hojas de roble y laurel en oro. Seguidamente y una vez coronado coronó a su esposa Josefina ante la mirada de todos los asistentes.

Unos asistentes que a su vez fueron inmortalizados en un cuadro para el que Napoleón posó en privado.  Unos asistentes que fueron reducidos para la obra en los invitados más cercanos, simbólicos y personales que tuviera el pequeño corso.

Y entre esos asistentes un gaditano. Realmente un vecino de Cádiz porque no nació en nuestra ciudad sino en Palermo, pero puede perfectamente ser reconocido por ella porque fue aquí donde estudió, se formó y se desempeñó: don Federico Gravina y Napoli.

En la esquina superior derecha de la sección del cuadro que publicamos, en un grupo en el que reunía a los embajadores extranjeros que prestarían sus ojos al mundo para dar veracidad y dignidad al acto, se encuentra Gravina,

Gravina fue un militar estimadísimo por Napoleón. Aceptó ser embajador en París bajo una cláusula que determinaba que en caso de guerra volvería al mar activamente. Y sabiendo esto se fue a París, a casa del enemigo, a defender los méritos de España. Esto lo valoró el emperador que siempre tuvo un ojo puesto en Gravina, llegando a decir de él:

Gravina es todo genio y decisión en el combate. Si Villeneuve hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre hubiera sido una victoria completa”.

Por ello y por sus capacidades, fue digno de que el mismo Napoleón lo dejara inmortalizado en el cuadro.


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